Venezuela, país de luces y sombras

En algunas ocasiones me pregunto por qué vivo viajando. Qué me impulsó a salir y qué me motiva a seguir en la ruta después de tres años y medio recorriendo Sudamérica a bordo de una furgoneta vivienda.

Más allá de la libertad que te proporciona una vida nómada en la que eres jefe de ti mismo, una de las razones que me impulsan a vivir viajando es la posibilidad de conocer en primera persona este complejo planeta que habitamos. Entender el porqué de los esquemas que gobiernan un mundo rodeado de injusticias, pero a su vez repleto de personas y situaciones extraordinarias.

Posiblemente esa fue la principal razón por la que decidimos viajar a Venezuela, a pesar de encontrarnos las fronteras terrestres con Colombia cerradas y una férrea oposición de la gran mayoría de personas con las que nos cruzábamos, que nos pedían, desesperados, que no se nos ocurriera ir al país vecino en ese momento.

“Ten mucho cuidado. Te lo van a robar todo si vas a Venezuela”, nos aseguraba un amigo del Facebook, añadiendo que su mujer es venezolana y  dejó el país hace tiempo por la inseguridad creciente, que además ha empeorado en los últimos años.

“El desabastecimiento es tal que no encontrarás nada. No hay ni papel higiénico”, nos alertaba un colombiano que conocimos en un taller mecánico: “No es el momento de ir a Venezuela”.

Pero bien hablamos con algunos viajeros que habían estado en el país recientemente y que habían vuelto enteros… y encantados. Y por mucho desabastecimiento que pudiera haber, no tenía noticia de que la gente se muriera de hambre en Venezuela, así que algo debía de encontrarse en las tiendas, venía pensando yo algunos días antes de la partida.

Finalmente, la única manera de comprobar la realidad venezolana era viajando y viendo con nuestros propios ojos una situación posiblemente sesgada por los medios de comunicación y por la cadena de rumores acrecentados desde la distancia. De manera que, haciendo más caso de nuestra intuición que de nuestro entorno, compramos dos billetes de avión, armamos las mochilas -en las que metimos un rollo de papel higiénico por si acaso- y volamos hasta Venezuela cuando faltaban tan sólo un par de meses para que se celebraran las elecciones parlamentarias.

En Puerto la Cruz tuvimos la suerte de que nos acogiera una amable familia por couchsurfing. Fran nos vino a recoger en coche al aeropuerto de Barcelona. Llegó junto con su primo, su mujer y su hijo de unos meses de edad. Mientras lo esperábamos en el aeropuerto pudimos ver las primeras fotografías y citas de los líderes de la revolución bolivariana, en grandes carteles propagandísticos. “Impulsando el gobierno de calle”, versaba el anuncia junto a la imagen del presidente de la República, Nicolás Maduro, con una fotografía de Bolívar y la bandera venezolana de fondo. “Construyendo la Revolución Aeroportuaria”, anunciaba otro gran cartel con las rostros de Chávez y Maduro.

Tras descansar esa noche en el comedor de nuestra familia adoptiva, al día siguiente nos dimos una vuelta por el centro y Fran nos habló sobre las bondades del chavismo, que además de reducir significativamente la población bajo el umbral de pobreza, ha promovido acciones sociales en diversos campos. En su caso, Fran nos comentó que estaban iniciando las gestiones para poder comprar por un precio justo el piso donde estaban de alquiler, gracias al programa de vivienda promovido por el Gobierno.

La primera impresión que tuvimos cuando llegamos a Puerto la Cruz, fue la de una ciudad parada en el tiempo, un lugar desmejorado que había visto pasar de largo sus momentos de gloria. En el paseo marítimo, la pintura de los edificios más altos se caía a pedazos, y la mayoría de las casas lucían grises, salvo alguna excepción. Como el edificio del McDonald’s. A diferencia de Bolivia, donde la multinacional estadounidense tuvo que cerrar por falta de demanda, en Venezuela el mayor símbolo del imperialismo norteamericano parece que sigue luciendo con fuerza tras 15 años de chavismo.

Al caer la noche, me llamó la atención la poca iluminación de las calles. Salvo el paseo marítimo, algo más iluminado, el resto de las vías del centro quedaron oscuras, con alguna luz tenue y anaranjada encendida y otras que se habían fundido y nadie había tenido ni la intención de cambiarlas. Durante el resto del viaje pudimos comprobar que no era algo exclusivo de Puerto la Cruz.

La oscuridad de las calles contrasta con las aguas cristalinas de las islas del parque nacional Mochima, algunas de las cuales son accesibles en unas pequeñas barcas que salen desde la misma ciudad de Puerto la Cruz. De esa manera llegamos hasta la playa del Faro, donde una franja de agua con tonalidades de verde oscuro hacía intuir los corales que se amontonaban junto a las rocas. Durante horas, buceamos sobre la barrera coralina, disfrutando de un Caribe venezolano que, por primera vez, se nos antojaba paradisíaco.

Durante los días que estuvimos viajando por Venezuela, los lugares excepcionales se fueron alternando con las situaciones desagradables, en un país en el que no es fácil viajar como mochilero, y donde la mayoría de turistas extranjeros que conocimos optaban por paquetes con todo incluido a las zonas más seguras y más caras, especialmente el archipiélago Los Roques y el salto Ángel.

 

UN PAÍS DE COLAS

Nuestra estancia en Venezuela nos ha confirmado que nadie se muere de hambre por la falta de alimentos, y que si no encuentras un producto en las estanterías de un comercio, acabas encontrando otro que lo substituya. Pero también nos ha mostrado que hay productos muy básicos -como las legumbres o la leche- que son realmente complicados de encontrar y que el sistema de regulación de precios del Gobierno no funciona como debería.

Desde los primeros días nos sorprendieron las colas interminables que se formaban delante de algunos comercios. Me recordaban a las retahílas de gente que se forman en Barcelona para visitar la Sagrada Familia. Poco a poco, veíamos salir a la gente del comercio con una bolsa que contenía cuatro paquetes de harina pan o de arroz, o con un par de tarros de mantequilla.

Unos días más tarde descubrimos que las mayores colas se formaban para comprar los productos con precios regulados por el Gobierno. Y que algunos de los productos regulados o bien se conseguían haciendo esas colas kilométricas o, en algunos casos, era prácticamente imposible encontrarlos en cualquier comercio o se debían buscar en el mercado negro de alimentos a un precio mucho mayor.

Cuando llevábamos unas semanas en Venezuela, regularon los huevos, fijando en 420 bolívares el precio justo para el cartón de 36 unidades. De repente, como por arte de magia, el preciado alimento desapareció de las estanterías de los supermercados. Después de varias semanas sin probarlos, un amigo se ofreció a comprarnos un cartón por 1.400 bolívares, el mismo precio que costaba una caja de 36 cervezas. Fue la única manera de comer huevos durante los días siguientes.

En nuestra estancia en Venezuela también hemos podido comprobar cómo la hiperinflación de los últimos años está empezando a pesar en la población. En Puerto Ordaz nos acogió en su casa Jaiver, un músico de 31 años que vive con su mujer y su hija de 5 años. Jaiver nos comentó que tanto él como su esposa cobraban cerca del salario mínimo -que en ese momento era de 9.648 bolívares más el tiquete de alimentación, de 6.750 bolívares. Una mañana fuimos al mercado con Jaiver a comprar frutas y verduras para la semana, por las que pagamos 5.000 bolívares. Y por la tarde compraron un queso por unos 2.000 bolívares más.

Cuando le preguntamos a nuestro amigo cómo hacían para llegar a final de mes éste se encogió de hombros. “Hacemos lo que podemos y los amigos nos dan una mano siempre que pueden”, nos explicó, añadiendo que unos años atrás con lo que cobraban podían comprarse un equipo de música o un televisor. Actualmente necesitarían más de diez salarios mínimos para renovar el plasma del comedor. A pesar de haber sido un chavista convencido y de haber votado siempre por el oficialismo, delante de la situación actual, Jaiver nos confesó que esta vez cambiaría su voto en las próximas e inminentes elecciones.

Por nuestra parte, la peor experiencia relacionada con la escasez no tuvo que ver con la alimentación, sino con la salud. Poco después de llegar a Venezuela, Marta contrajo un virus que la tuvo enferma durante buena parte del viaje. Pasamos varias veces por el sistema de salud público, donde nos atendieron amablemente y de forma gratuita. Pero en el momento de darnos los medicamentos, siempre había algún antibiótico que faltaba. El problema es que no sólo se encontraba a faltar en el centro de salud, sino que tampoco lo encontrábamos en ninguna farmacia.

De esa manera vivimos la impotencia de estar enfermo y no encontrar la medicina con la que deberías curarte. En el caso de Marta, simplemente el constipado se alargó durante más tiempo del normal y los síntomas se acabaron haciendo eternos. En el caso de varios amigos con familiares afectados de cáncer o de parkinson, los efectos del desabastecimiento de medicinas pudieran ser mucho más serios.

 

MEJOR PREVENIR QUE CURAR

Una mañana, antes de salir al trabajo, Jaiver, el músico que nos acogió en Puerto Ordaz, me pidió si le podía prestar unos auriculares. Le dejé mis auriculares y a la vuelta me los devolvió. Al día siguiente volvió a pedírmelos. A su regreso, por la tarde, le pregunté por qué me pedía los auriculares cada día. Me explicó que los ponía en su celular para no tener que sacarlo cuando lo llamasen y evitarse problemas. Unos meses antes, a un amigo suyo le pegaron un tiro para robarle el teléfono. En la cocina, una taza blanca impresa con una fotografía y una inscripción recuerda su persona y su absurda muerte.

Aunque parezca imposible escuchando a toda la gente que nos recomendaba que no viajáramos a Venezuela por causa de su inseguridad, durante los cerca de tres meses que hemos estado en el país no nos han asaltado, ni nos han secuestrado. Ni tan sólo nos han robado el celular. Finalmente, tomando las precauciones que deben tomarse cuando viajas, se puede visitar Venezuela. No obstante, debemos admitir que, echando una ojeada a las estadísticas -la tasa de homicidios en 2015 volvió a subir y se colocó en los 90 homicidios por cada 100.000 habitantes- y escuchando las historias de los amigos que hicimos en Puerto Ordaz, optamos por redoblar las precauciones.

En una reunión en la casa de Jaiver, conocimos a Másimo, videoaficionado y jefe de una agencia de viajes. Durante la reunión nos comentó que había estado en el archipiélago de los Roques con un amigo en común. Allí estuvieron grabando uno de los lugares más bellos del Caribe venezolano, formado por más de 250 islas con playas de aguas cristalinas y arenas blancas. Después de ponernos los dientes largos a todos los que estábamos en la sala, nos comentó que habían perdido todas las imágenes de la Gopro. El chico que las gravó fue asaltado en la noche cuando se dirigía hacia Puerto Ordaz. Unos delincuentes echaron una tira de púas en la carretera y le robaron todo cuanto pudieron a él y a los propietarios de otros dos vehículos.

En el mismo encuentro conocí a Norman, un artista que usa el grafiti para representar de forma crítica el mundo que nos rodea. Estando a solas con él le pregunté si pensaba que la inseguridad en Venezuela es tan grande como la pintan. Inicialmente me comentó que no había que obsesionarse con el tema, que él mismo había viajado por todo el país sin demasiados problemas. Pero, por un momento, vaciló en su explicación.

“Bueno, recientemente tuve un inconveniente cuando venía en bus hacia Puerto Ordaz”, me comentó. “De repente el autobús se desvió hacia un camino secundario, asolado. Un grupo de personas apareció de la nada, equipados con armas de fuego. Nos hicieron salir uno por uno y nos hicieron dejar cuanto llevábamos encima. Como estaba en la última fila, por suerte pude dejar la cartera con la plata y la documentación escondida bajo la cortina y la salvé”.

Después de escuchar una historia tras otra de los amigos que habíamos hecho en Puerto Ordaz, decidimos dejar de lado el transporte terrestre volvernos a isla Margarita en avión. En el trayecto, pensaba si no estaríamos exagerando en las precauciones. Cuando llegamos a Porlamar, el amigo que nos había presentado a Jaiver publicó en su Facebook que le acababan de robar la moto a punta de pistola. Tal vez exageramos en las precauciones. Tal vez el viaje habría sido bien diferente si no hubiésemos prestado demasiada atención a nuestro entorno inmediato. Pero, en fin, es mejor prevenir que curar.

 

EL INICIO DEL CAMBIO

Unos días después de volver a Margarita se celebraron las elecciones que servirían para elegir los miembros de la Asamblea Nacional, ante una gran expectación e incertidumbre de la población. Una parte de la ciudadanía temía que hubiese fuertes manifestaciones o acciones violentas en las principales ciudades del país. Pero los comicios se desarrollaron prácticamente sin ningún incidente destacable, y la oposición arrebató la mayoría al oficialismo, con un resultado histórico que les dio un apoyo de dos tercios de la población.

La lectura de las elecciones parece obvia. La gran mayoría de los votantes, hartos de la escasez de alimentos y medicinas, cansados de tener que hacer colas para conseguir los productos básicos, hastiados por la creciente inflación y por la inseguridad que vive el país, prefirió votar por el cambio y castigar al partido de Maduro dando la confianza a la derecha venezolana en el legislativo.

La casualidad quiso que nuestra salida de Venezuela coincidiese con la toma de posesión de los miembros de la Asamblea Nacional, el pasado 5 de enero. Mientras esperábamos el avión que debía devolvernos a Medellín, presenciábamos en la televisión el juramento de los miembros de la oposición, ante la ovación y los aplausos de prácticamente toda la gente que se encontraba en la sala de espera del aeropuerto.

“Feliz viaje”, anunciaba, junto a las imágenes de Chávez y Maduro, un cartel del aeropuerto de Valencia, nuestra última escala antes de llegar a Medellín. Mientras nosotros seguíamos el camino hacia Colombia para proseguir nuestra ruta por América, Venezuela emprendía su propio viaje, dando el pistoletazo de salida al proceso de cambio tan reclamado por una parte de la sociedad venezolana. Un cambio que no se entrevé nada fácil. Y que se prevé lento. Tendremos que esperar para ver cómo reacciona el ejecutivo chavista ante la iniciativa manifiesta de la oposición de relevar a Maduro en los próximos 6 meses. Y habrá que ver si la derecha venezolana estará a la altura del reto que se le presenta y dónde quedarán los avances conseguidos en Venezuela en materia social durante los últimos 15 años.

 

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3 responses to “Venezuela, país de luces y sombras”

  1. VIAJEROS4X4X4

    Hola amigos, me gustó la naturalidad con la que contaron lo que pasa en Venezuela. Así, creo que se desarma al más fanático, con datos.
    Debo decir que no estoy seguro de que quienes ganaron las elecciones al parlamento en Venezuela sean de derechas, sino que probablemente se hayan juntado unos cuantos partidos para hacer piña en contra del gobierno, ya que mucha gente está cansada de hacer colas para conseguir huevos y leche, entre tantas otras cosas cotidianas que nos son ajenas a quienes vivimos fuera de Venezuela, como la inseguridad.
    Debo decir que me encantan las revoluciones, sobre todo el inicio del Chavismo en Venezuela, que pintaba tan bien teniendo en cuenta las injusticias que se vivían antes en el país. El objetivo de las revoluciones es mejorar la vida de la gente. Cuando eso no se cumple, es cuando todo, incluso los logros que puedan haber ocurrido, se ponen en duda.
    Lo que necesitamos no son más Chávez ni Maduros, sino más Mujicas.
    Un fuerte abrazo.

  2. Darío Manzanelli

    Un gusto leerlos como siempre. Me gustó mucho la reseña que parece ser lo más objetiva posible. Es un tema muy candente el que se toca y trae mucho rollo en Latinoamérica. Personalmente no confío en ninguna derecha, en Argentina recientemente hemos cambiado por un presidente de derecha clásico, y en sólo un mes de gobierno han despedido a mucha gente y cerrado o echado a periodistas opositores (hoy mismo han echado a uno de los más prestigiosos del país). Además se ha conformado un gobierno repleto de ceo’s de empresas privadas. Siento pena por mi país que ha decidido retroceder y siento pena por Venezuela que seguramente decidirá lo mismo. Tanto el gobierno de Maduro como el saliente de Cristina Kirchner en Argentina han cometido errores, pero lo doloroso es que parte de la población no aprendió que el gobierno de las empresas no será nunca la solución para el pueblo.
    Perdón por esta descarga emocional con ustedes es sólo que hoy me he sentido triste por mi país y Latinoamérica ya que la derecha y Estados Unidos la acechan una vez más.
    Les deseo que sigan teniendo en el mejor de los viajes y experiencia de vida y mil gracias por compartirla con los que no podemos viajar. Un beso grande a ambos.

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