El retorno de la Saioneta

Tras cinco meses sin mover la Saioneta, el miércoles 13 de enero retomamos nuestro viaje por Colombia. Salimos del aparcamiento de la Ceja donde habíamos tenido la furgo parada durante los 96 días que estuvimos viajando por Venezuela, para tomar el camino hacia Bogotá, con una parada intermedia para dormir en el caluroso pueblecito de Honda.

Cuando volvimos de Venezuela no teníamos muy claro que la Saioenta se pusiera en marcha. Había estado tres meses parada en la Ceja, después de pasar de un taller a otro durante cerca de dos meses… Fueron casi 60 días con problemas en el arranque, durante los cuales deambulamos de mecánico en mecánico, tomando una grúa tras otra para encontrar el mecánico que supiera resucitar a la Saioneta. (Clica aquí si quieres leer la odisea mecánica que vivimos en Medellín).

Así que cuando le conectamos sus tres baterías y escuchamos el ruido del arranque seguido del sonido estable del motor, no podíamos contener nuestra alegría. Volvíamos a tener la furgoneta a punto para continuar nuestro viaje por Sudamérica. O al menos, eso es lo que pensamos en ese momento.

Desde que llegamos en avión del país vecino, el 5 de enero, ocupamos nuestro tiempo en solucionar toda la burocracia necesaria para conseguir una prórroga del permiso de importación temporal por turismo. Antes de salir habíamos pedido una prórroga extraordinaria de tres meses alegando los problemas mecánicos que habíamos tenido, y ahora nos tenían que dar 3 meses más si queríamos seguir circulando por el país, excediendo de esta manera en medio año el tiempo que te dan de forma regular.

Afortunadamente, tras una semana de trámites, idas y venidas a la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia (DIAN), de hacer fotocopias y escribir cartas justificando nuestra excepcional situación, nos acabaron dando el documento que certificaba nuestra renovada libertad para circular por Colombia.

El viaje en dos etapas hasta Bogotá fue bien placentero. Teníamos tantas ganas de volver a rodar con nuestra Saioneta… Llegamos a la capital colombiana satisfechos como niños con zapatos nuevos, ya que la furgo no se había calentado ni un poco y siempre había arrancado a la primera. Allí creímos que habíamos superado la prueba de fuego.

Aparcamos delante de la casa de la madre de unos amigos de mi hermana, que nos acogieron como si fuéramos de la familia. Y unas horas más tarde movimos la furgo para acercarla a la pared y dejar lugar a un segundo vehículo. Todavía estábamos saboreando nuestro retorno a la ruta cuando Marta detectó una gran mancha negra donde habíamos estado aparcados.

– Hemos dejado una mancha de aceite- me dijo.

– ¿Estás segura de que es nuestra?

– ¿Y de quién si no? Tiene que ser nuestra.

En ese momento me entraron todos los males. No quería revivir el calvario mecánico que nos tocó pasar en Medellín. Después de llamar a algunos mecánicos que ya no nos podían atender porque -como siempre pasa en estas ocasiones- era viernes al mediodía y ya no tenía lugar hasta el lunes, me tiré debajo del vehículo para ver de donde provenía el líquido.

Saqué el cubrecárter, puse en marcha la furgo y esperé. Al cabo de unos minutos, empezó a gotear de forma constante. No parecía que el líquido tuviera la textura ni el color del aceite. Finalmente, confirmé mis peores presagios. La mancha no era de aceite, sino de gasoil, o tal vez de los dos. Pero el goteo constante caía desde la bomba de inyección, que nos habían desmontado unos meses antes en Medellín.

Después de darle muchas vueltas, el domingo decidimos viajar hasta el Tabio, un pueblecito situado a unos 40 quilóemtros de Bogotá, para pasar el día con Coca, un amigo que está a punto de salir a la ruta con su furgo. Desde allí, el día siguiente llamaría al taller que nos había arreglado la bomba en Medellín, con la idea de salir hacia la capital de Antioquia para que nos arreglasen la bomba y proseguir el viaje.

Lo primero que hice cuando me levanté ayer, lunes, fue llamar a Turbo Diesel, donde me pasaron con uno de los mecánicos que nos había arreglado la furgoneta en Medellín. Le envié una fotografía de la boma de inyección, indicándole el punto exacto por donde goteaba. Y el mecánico me respondió que era imposible que el gasoil saliera de allí, que volviera a revisarlo y me fijara más arriba. Parece que, una vez más, mi desconocimiento de mecánica me había jugado una mala pasada.

Así que hoy hemos pasado por un mecánico del Tabio para que nos revisara de dónde venía la pérdida. Primero, ha descartado que el goteo procediera de la bomba, lo que me ha dejado respirar un poco más tranquilo. Después se ha fijado en los inyectores. Y finalmente, ha detectado que había una manguera del retorno de los inyectores fisurada, desde donde parece que se salía el gasoil.

Salimos del mecánico contentos por haber solucionado el problema de la fuga, y lo celebramos tomando un café. Finalmente, podíamos retomar nuestro camino hacia Barranquilla, donde nos espera uno de los carnavales más célebres de Colombia. O eso era lo que pensábamos, ya que cuando salimos de la cafetería, debajo de la furgoneta había una gran mancha de líquido que se había extendido por el suelo. Cuando arrancamos, para mi desesperación, un reguero de ese líquido viscoso nos siguió durante un par de metros.

Así que el día sigüente volvimos al mecánico del Tabio. Como si fuera un deja vu, volvimos a sacar el protector del carter, volvimos a revisar cualquier posible pérdida y finalmente encontramos que había dos mangueras del líquido de la dirección estropeadas. Posiblemente lo que nos manchaba más no era ni aceite del motor ni gasoil, sino líquido hidráulico.

Del Tabio, fuimos hasta Zipaquirá, donde nos recomendaron una zona, en el barrio de La Paz, donde ensamblan mangueras de vehículos. Por suerte, no tardamos mucho en dar con alguien que nos cambiara las mangueras. Y parece que, de momento, la Saioneta ha dejado de gotear. Aunque no quiero cantar victoria hasta que no hayamos rodado unos cuantos cientos de kilómetros. Esperemos que éste sea el último capítulo de esta larga historia de mecánicos, que empezó en Medellín hace más de cinco meses. Sin duda, después de todo lo sucedido, habrá que esperar algunos días para confirmar que todo está funcionando bien en la Saioneta.

Clica aquí para leer la primera parte de esta historia.


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2 responses to “El retorno de la Saioneta”

  1. salvador

    Hola chicos, soy el del Ford Falcon rojo que vivia en Tilcara, jujuy, Argentina. Les cuento que el mes pasado viajamos para Fuerteventura, por causa de la salud del padre de mi esposa. EL Gerundio, como nosotros lo llamamos quedo en provincia de Santa fe, guardado y a la espera de que lo saquemos para seguir viaje. Cada tanto los sigo un poco, desde aca sera mas fácil, por la conexión a internet. Saludos y buen viaje.

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