Un encuentro inesperado en el Cesar

El calor arreciaba en el departamento del Cesar. A pesar de estar cayendo la tarde, el ambiente se sentía bochornoso en el interior de la Saioneta. Y cada vez que sacaba un brazo por la ventanilla sentía una cálida bofetada de aire que me recordaba el rigor del clima en estas latitudes del norte colombiano.

Después de conducir durante todo el día por la carretera que une Bucaramanga con Santa Marta, siempre rumbo al norte, sentimos que debíamos hacer un alto en nuestro camino hacia el Caribe. Llevábamos varios días de ruta sin probar los efectos purificadores del agua y ambos nos habíamos empezado a dar cuenta conforme fueron avanzando los kilómetros, así que debíamos buscar un pueblo tranquilo para pernoctar y ducharnos antes de que llegara la noche.

Marta buscó en el gps el pueblo más cercano. La Loma. Siguiendo sus indicaciones, me desvié en el primer cruce hacia la derecha y recorrimos varios kilómetros dirección al centro de un municipio tan cuadriculado en su estructura como lánguido en su ambiente. Pasamos por una interminable calle llena de socavones hasta que llegamos al supuesto centro, que nos pareció tan lúgubre como el resto de la población.

Nunca nos sentimos demasiado a gusto en los pueblos dedicados a la minería. Ya tuvimos esa sensación en algunos municipios del norte chileno, donde los bares y las farmacias se alternaban en sus calles como si fueran las únicas fuentes de salvación para una población con el alma descosida por un trabajo que únicamente llena los bolsillos de dinero y los pulmones de silicio.

Nos preguntamos incluso si la Loma habría sido creada específicamente para acoger a la mano de obra que trabajaría en una de las minas de carbón más grandes del mundo, o si fue la llegada de la minería lo que convirtió el pueblo en ese lúgubre conjunto de calles cuadriculadas que encontramos a nuestro paso.

Hastiados por el calor y por la mala elección, dimos media vuelta y conducimos por el traqueteado camino, ansiando retornar a la carretera general para que la caliente brisa pudiera volver a entrar por las ventanas delanteras y airear el interior de la furgoneta, aunque fuera con su cálido vaivén.

La siguiente población que salía en el gps era bastante más pequeña que la anterior. A penas cuatro cuadras delineadas en el mapa. El Carmen. Uno de esos puntos que no sale en ninguna guía turística. De hecho no sale ni en el google maps. Posiblemente sería el lugar perfecto para pernoctar y ducharnos tranquilamente.

Tomé un desvío hacia la izquierda y empecé a conducir por un camino de arena repleto de piedras afiladas. Transitamos con cuidado durante cerca de un kilómetro hasta que llegamos a una vía férrea bloqueada por dos conos. Desde el otro lado de la vía, un chico se apresuró a hacernos señas para que parásemos. Apenas pasaron algunos segundos hasta que cruzó un tren de mercancías. El tren de mercancías más largo que haya visto nunca. Tras la locomotora, los vagones se sucedieron por decenas hasta que pasó el último y el vigilante apartó los conos para que prosiguiéramos nuestro camino.

Unos metros más adelante encontramos el Carmen, una humilde población con casitas de un piso y cuatro calles contadas y polvorientas por las que se paseaban las cabras y las gallinas, ajenas a nuestro paso. Nos dimos un par de vueltas para reconocer el lugar. Pasamos por el campo de fútbol, donde algunos chicos, todos ellos mulatos, como el resto de habitantes, zapateaban una pelota de cuero. Vimos las puertas de las casas abiertas. La mayoría de las familias, sentadas en el exterior, nos seguían con los ojos, extrañados, cuando pasábamos con la furgo por delante suyo.

Finalmente, nos decidimos a preguntar a una de las familias si podíamos aparcar en frente de su propiedad, ya que siendo tan pequeño el pueblo encontramos poco prudente estacionar sin presentarnos. En cinco sillas, estaban sentados una señora mayor, otra señora de unos 45 años, dos chicas jóvenes y un señor de mediana edad. Después de vacilar durante algunos segundos y comprobar que no veníamos con malas intenciones, accedieron a que aparcáramos frente a su casa, bajo unos pequeños árboles.

Cuando sacamos el grifo por la ventana y nos empezamos a duchar llegó el primer grupo de niños, que reían mientras nos enjabonábamos. Unos metros atrás, nuestra familia de acogida comentaba la situación, sin acabar de creer si era cierta o si les estábamos gastando algún tipo de broma. Poco a poco se fueron acercando otros niños, que no tenían nada mejor que hacer que ir a ver esa pareja de viajeros que llegó en una furgoneta con placas extranjeras.

No nos costó mucho comprobar que en ese pequeño pueblo perdido en medio de una carretera secundaria del Cesar a penas habría pasado algún viajero y que, sin duda, seríamos los primeros en pernoctar en una población que no tenía ningún tipo de infraestructura turística.

Tras ducharnos y vestirnos, ya refrescados y con la cabeza un poco más clara, abrimos las puertas de la Saioneta y avisamos a la familia de la casa para mostrarle nuestra casita con ruedas, algo que para ellos era completamente nuevo.

Cuando subimos el techo, aumentaron las expresiones de sorpresa. Los chicos que jugaban al fútbol dejaron de hacerlo para curiosear y muchos otros niños se acercaron para ver lo que ya era la gran novedad del día. Algunos curiosos miraban desde la distancia, mientras una madre levantaba a su pequeño para que pudiera ver la furgo por encima de las cabezas del extenso público.

A menudo, los lugares menos turísticos son también los que nos dan más satisfacciones a los viajeros de largo recorrido. Poder mostrar el vehículo a esos niños y ver sus caras de fascinación fue un regalo para nosotros y seguro que también para ellos, que preguntaban, curiosos, para entender qué hacíamos en su pueblo, de dónde veníamos y cómo vivíamos en un vehículo tan raro como el que se había aparcado en una de las polvorientas calles de su tranquilo pueblecito.

Cuando les explicamos que una de las actividades que hacemos en la ruta es la música, nos pidieron que les tocásemos algunas canciones, así que sacamos la guitarra y la melódica y nos sentamos con nuestros vecinos, rodeados por los niños del pueblo. Viendo su entusiasmo, saqué algunos instrumentos de percusión y pregunté quien sabía tocarlos, así que acabamos montando un improvisado grupo musical y tocamos hasta que se hizo de noche.

“Habéis traído la alegría a este pueblo”, nos dijo la mujer de mediana edad que nos acogió en el patio de su casa, mientras yo pensaba lo afortunados que éramos por haber escogido finalmente ese punto remoto en el mapa que no sale en las guías de viaje y acoge a los viajeros con los brazos abiertos con tan sólo explicarles tu experiencia y tocarles un par de canciones.

 

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2 responses to “Un encuentro inesperado en el Cesar”

  1. juanjo

    Os sigo desde hace mucho y admiro vuestra forma de viajar y a vosotros, por conseguirlo.
    Solamente ste pequeño comentario para expresaros que quien escribe (no se si Marià o Marta, o ambos) lo hace muy bien. Es prosa.
    Seguir vuestros relatos también es viajar.
    Salut y muchas felicidades!!!
    Juanjo (amikoj)

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